El inconveniente de ser Cioran
Augusto Isla
LA JORNADA SEMANAL,22 DE ENERO 2012
Bajo la luz del Renacimiento, el genial Pico della Mirándola (1463-1494) publicó, a sus escasos veintitrés años, su Oratio de Hominis Dignitatae que le sirvió de prólogo a las novecientas tesis que tituló Conclusiones philosophicae cabalisticae et teologicae. Su célebre discurso fue y sigue siendo un paradigma del humanismo, entendido como exaltación del hombre cuyo libre albedrío lo puede conducir ya a las alturas de un ángel, ya a los abismos de la bestialidad. Como todo humanista, creyó que su pensamiento ayudaría al bienestar del hombre, centro del universo; como todo cristiano optimista y tolerante, si los hay, abrió su corazón a los vientos del sincretismo y de la diversidad. Lleno de amor al género humano, consideró que éste era capaz de vincularse con Dios sin mediaciones, sin rituales, sin dogmas. Pero aquel joven que tempranamente dominó el griego, el árabe, el hebreo... pagó caro su atrevimiento: fue juzgado, condenado por herejía y padeció la cárcel. Sometido y humillado, el brillante discípulo de Marsilio Ficino, ofendió a musulmanes y judíos. Sin embargo, esta flaqueza no logra eclipsar los destellos de su gran Oratio, ejemplo vivo de un humanismo que supo apreciar la grandeza humana.
cada sociedad genera sus humanismos: estudios, ideales, para mejorar la condición humana. La Antigüedad clásica, el Renacimiento, la Ilustración, el romanticismo... Unos miran hacia adelante, otros hacia el pasado. Todos son emanaciones de una inconformidad con lo vivido; unos permanecen como testimonios individuales; otros se convierten en ideologías orgánicas y trascienden como conciencia colectiva. Innovar o revivir; crear o imitar modelos, no importa. El Renacimiento imita a los antiguos, pero quiere superarlos. Todo vale si de lo que se trata es que la humanidad, tan elástica como perfectible, prosiga por un camino ascendente.
En contraste con el humanismo de Pico, en el crepúsculo de una civilización ensoberbecida por su progreso, cabe la sensación de vejez, el agotamiento, el tedio, el vacío. Émile Michel Cioran (1911-1995) expresa con suma inteligencia esa atmósfera decadente. Aunque nace y crece lejos de los grandes centros urbanos, en una Rumania rural, a los veintiún años parece haber leído todo, por así decirlo. El escenario ya no es Rasinari, donde vio la luz primera, ya no es ese universo pastoril, donde ha sido feliz como un “animal salvaje”, ni Sibiu donde, sustraído del paraíso bucólico, el adolescente alimenta su timidez, sino Bucarest donde, insomne, pasea por sus calles, disfruta sus burdeles; ahí donde dice “adiós a la filosofía” y sus sistemas, señales todos de “una vida personal pobre e insulsa”, ahí donde, harto de cultura e historia, escribe En las cimas de la desesperación. En las primeras páginas de este libro, en el capítulo “yo y el mundo”, apunta, entre paréntesis, “escrito el 8 de abril de 1933, el día en que cumplo veintidós años, experimento una extraña sensación al pensar que soy, a mi edad, un especialista de la muerte”.
Todo Cioran está aquí: el sin sentido de la vida, la tanática avidez de sí mismo, la persistente autodenigración: “Soy una fiera de sonrisa grotesca que se contrae y se dilata infinitamente, que muere y crece al mismo tiempo, exaltada entre la esperanza de la nada y la desesperación del todo”; y más adelante: “Soy un fósil de los comienzos del mundo […] soy la contradicción absoluta, el paroxismo de las antinomias y el límite de las tensiones; en mí todo es posible, pues soy el hombre que se reirá en el momento supremo, en la agonía final, en la hora de la última tristeza.” Nunca deja de ver hacia adentro. Ya en París, adonde viaja como becario del Instituo Francés de Bucarest, escribe en una “Carta a un amigo lejano” (1957): “Me veo, en medio de los civilizados, como un intruso, un troglodita enamorado de caducidad, sumergido en plegarias subversivas, presa de un pánico que no emana de una visión del mundo, sino de las crispaciones de la carne y de las tinieblas de la sangre [...] Sí, en mis crisis de fatuidad, me inclino a creerme el epígono de una horda ilustre por sus depredaciones, un turanio de corazón, heredero legítimo de las estepas, el último mongol.”
Si aquel joven no se suicida, es porque le repugna “lo mismo la vida que la muerte”. Cioran vivirá ochenta y cuatro años. En el transcurso de su larga vida, continuará observándose, y desde esa experiencia interior centrará su atención en el hombre. No cambiará su actitud hacia el mundo. Se odiará a sí mismo y odiará al género humano. He aquí un humanismo al revés, una misantropía. Y escribirá y escribirá. No por gusto ni por capricho, sino como una catarsis.
Desde la perspectiva individual –soledad, desesperación, sufrimiento– la misantropía de Cioran dibuja un conflicto con el mundo; pero vista desde la dimensión cultural, ¿el narciso negro que lo recorre no es reflejo de su tiempo? ¿No están ya el aburrimiento, el tedio y el vacío, en Baudelaire, en Mallarmé? Pero Cioran es algo más que un simple crítico de la modernidad; es un desencantado de la civilización, innecesaria para él; su desaliento se remonta a los orígenes: el nacimiento del hombre está marcado por la insignificancia; es poca cosa. El hecho de que se considere el centro del universo es una cosa; que lo sea, otra. En el fondo, es una criatura megalómana; “un mamífero que debería haber tenido un destino mediocre, está comprometido con un destino que le queda demasiado grande”. El hombre está maldito desde sus comienzos. Por eso, lo que inventa se vuelve contra él, y cuanto más se agita, más se acerca a su final. La historia es la negación de todos los valores, la prueba de su fracaso: “Todos sus sueños se estrellan contra lo grotesco del desarrollo histórico.” El devenir humano es también un antídoto contra las utopías, esos “monstruosos cuentos de hadas”. Y sin embargo, las necesita; son su fuerza, pues las ilusiones contenidas en ellas, como la libertad, por ejemplo, son imprescindibles para soportar la vida, para evadir la atroz condición humana. El progreso mismo, salvo en su aspecto tecnológico, es una ilusión, la “utopía por excelencia”, mas, por grande que sea, no lo salvará. Pienso en todos esos bobos que idolatran a Steve Jobs.
El discurso misantrópico de Cioran es un grito, un estallido, una bofetada; “una sucesión de exclamaciones”; sus deslumbrantes verdades no emergen de una lógica serena, sino de una inspiración furiosa. En vano discutir con él. De ahí que en sus “Reflexiones sobre Cioran” Susan Sontag desatine debatiendo con las “argumentaciones” del rumano: Cioran no argumenta; clava su ponzoña con rencorosa precisión. Por eso el aforismo es su arma más afilada; en él encuentra la palabra más justa, la más hiriente injuria contra sí mismo, contra la vida, contra Dios. A Cioran se le toma o se le deja en sus claridades y en sus sombras. Hay quienes devoran todo lo que escribe, por coincidir con su cansancio, con su rabia o por mero esnobismo; pero también hay quienes pronto lo abandonan, como un amigo a quien le di a leer Breviario de podredumbre, por considerarlo monótono, hiperbólico y acaso insincero.
Cioran escribe sus primeros cinco libros en rumano. Pero en 1947 decide redactar en francés; era, para él, un idioma odioso “con todas sus palabras pensadas y repensadas, afinadas y sutiles hasta la inexistencia, volcadas hacia la exacción del matiz, inexpresivas a fuerza de haber expresado tanto, de terrible precisión, cargadas de fatiga y de pudor, discretas hasta en la vulgaridad [...] Una sintaxis de una rigidez, de una dignidad cadavérica las estruja y les asigna un lugar de donde ni el mismo Dios podría desplazarlas”; detesta sus rigores, empero asume el reto y lo conquista. Él, tan indiferente a toda gloria –aspiración ridícula– anhela secretamente ser leído. Breviario de podredumbre fue un martirio: lo rehace cuatro veces para no ser considerado un “meteco”. Este libro, extraído según él, de sus “bajos fondos” para injuriarse e injuriar la vida, le abre el camino de la consagración como uno de los grandes escritores en lengua francesa. Escritos en rumano o en francés, los títulos mismos de sus libros llevan la impronta de su morbidez: Silogismos de amargura, La tentación de existir, Desgarradura, El inconveniente de haber nacido. . . Todos parecen ser variaciones del primero, a cada vez más concisos, más fragmentarios, en ascenso sonoro como el Bolero, de Ravel.
entre el creer y el no creer, en la imposibilidad de la fe –invención cristiana–, así vive su alma atormentada, llena de amor a los místicos, deseosa de eterna calma, de un éxtasis que por momentos experimentó en su estancia alemana allá por los años treinta. Como todo blasfemo es un pensador profundamente religioso. ¿Cristiano a su pesar? Como Nietzsche, aborrecía el cristianismo ¿Pero acaso no lo llevaba en la sangre, como una tara? Su padre era sacerdote ortodoxo; mas a diferencia del germano que creía en el hombre y en su capacidad de superarse a sí mismo, Cioran pensaba que creer en el hombre es una necedad, una locura. En La tentación de existir, la retórica anticristiana se concentra en el odio a san Pablo, “un judío no judío, un judío pervertido, un traidor [...] Cuando ya no sé a quién detestar, abro las Epístolas y en seguida me tranquilizo. Tengo a mi hombre [...] Una civilización podrida pacta con su mal, ama el virus que la roe, no se respeta a sí misma, deja a un san Pablo ir y venir. . . Por esto mismo, se confiesa vencida, carcomida, acabada. El olor de la carroña atrae y excita a los apóstoles, sepultureros ávidos y locuaces [...] El paganismo les trató con ironía, arma inofensiva, demasiado noble para doblegar a una horda insensible a los matices.” Y sin embargo, ¿no se asemeja Cioran al de Tarso, no desprecia, como éste, el mundo, la carne; no mira con malos ojos toda sensualidad, no incluso percibe en el comer “un acto de envilecimiento cotidiano”, aunque a diferencia del apóstol, Cioran nada espera de su renuncia?
fernando Savater, en un hermoso libro, Ensayo sobre Cioran, por el que luchó durante muchos meses para que fuese aceptado como tesis doctoral en la Universidad Complutense de Madrid, dio en el clavo en su apreciación: “La única tarea [de Cioran], si se la puede llamar así, es el desengaño.” Es comprensible que las demoliciones del pensador rumano fueran rechazadas como habitantes de la academia filosófica, que alguien proveniente de la periferia del mundo y aspirase a “sensibilizarse a la oscuridad que la policromía ilusoria pretende enmascarar” fuese indigno de ser considerado como filósofo a despecho de que sus reflexiones sobre la existencia, el tiempo, la vida, Dios, la historia, la libertad... se abordaran de otra manera, evitando toda pedagogía, gozando la negación de la felicidad, de la vanidad de todo esfuerzo, del orden mismo del mundo. Difícil resulta la aceptación de alguien al que se le revela la inanidad del ser, ese despertar de la conciencia que riñe con “las personas decentes y de provecho”, esa violencia que admite la eternidad de la miseria, ya la interior, ya la de la vida social. Pues que el hombre ensucia y degrada todo lo que lo rodea. En lo personal mucho agradezco a Savater que haya despertado mi curiosidad y que de su mano muchos lectores de habla hispana nos hayamos adentrado en el atrayente infierno cioraniano.
en política, ¿qué es Cioran, de izquierda o de derecha? Ninguna calificación podría atraparlo. Para él, todas las sociedades son malas, pero hay peores. Así, rechaza lo mismo la sociedad burguesa, ilusión libertaria y “quintaesencia de la injusticia “, que la tiranía comunista. Rechazar o aceptar el orden establecido, da igual; nada cambiará. En su ensayo “El pensamiento reaccionario” –a propósito de Joseph de Maistre–, leemos: “Lo trágico del universo político reside en esa fuerza oculta que conduce a todo movimiento a negarse a sí mismo, a traicionar su inspiración original y corromperse a medida que se afirma y avanza. Porque en política, como en todo, nadie se realiza sino a través de su propia ruina.” Cioran no pertenece a nadie; el juvenil pasaje de su adhesión a La Guardia de Hierro –movimiento fascista, ultranacionalista, antisemita– le produce a la postre, “vergüenza intelectual”. Y aquí, de nuevo, Sontag se equivoca atribuyéndole “una sensibilidad católica de derechas”. Cioran es un proclamador de la pasividad, de la negación, incluso de ese no hacer nada en la vida. Un escéptico desesperado.
Escéptico, el rumano duda incluso del valor del intelecto. Cioran prefiere la compañía de la gente humilde –pescadores, campesinos–, de aquellos que nada saben o cuya sabiduría es no convencional: “un barrendero sabe más de la vida que un filósofo”; y por eso mismo logran el acceso a la felicidad. Un escéptico que, sin embargo, no cesa de admirar. Ejercicios de admiración lo ponen contra la pared de sus dubitaciones; admira a Jorge Luis Borges, a Mircea Eliade... a María Zambrano, a quien dedica palabras conmovedoras como éstas: “Quisiéramos consultarla en los momentos cruciales de una vida, en el umbral de una conversión, de una ruptura, de una traición, en la hora de las últimas confidencias, graves y comprometedoras, para que nos revele y explique a nosotros mismos, para que nos dispense, por así decirlo, una absolución especulativa, y nos reconcilie tanto con nuestras impurezas como con nuestros callejones sin salida y nuestros estupores.”
cioran, el pensador, camina por una senda, la del asco a la gente y a sí mismo; Cioran, el hombre inmerso en su cotidianeidad, ¿por otra? Responde a las cartas de personas desconocidas, acepta entrevistas, se muestra compasivo; ofrece refugio a víctimas de la persecución durante la guerra; se ocupa de la suerte de sus sobrinos; derrocha gentileza, simpatía y humor cuando recibe visitas en su departamento de París, “ese cementerio bullicioso” que será su cárcel a partir de 1937; disfruta ya las caminatas en el parque de Luxemburgo, ya las veladas con sus amigos. Piénsese lo que se quiera; él es así: si por un lado, nos dice que “los sentimientos entre amigos son falsos”; y por otro, confiesa su cariño hacia los suyos, como Samuel Beckett. Es contradictorio, pero nunca pierde la lucidez, ni siquiera en el enunciado de sus paradojas: “Que la vida no tenga sentido es una razón para vivir, la única, su realidad.” Si como pensador arroja sus flechas envenenadas, después, en su diario vivir, las recoge y las guarda. Así, no obstante que nos diga que “inclinarse hacia el bien es una aberración, una violencia con el ser”, si alguien lo consuma es por una especie de distracción del orden; pues bien, él acaba siendo un distraído, un hombre pleno de bondad, un hombre de luz, como suele decirse.
ya viejo, Cioran se deja retratar. Sus profundas arrugas deletrean un inmenso sentimiento de duelo. Viéndose tal vez en el espejo de Diógenes, en El ocaso del pensamiento (1940) se pregunta: “¿Qué habrá impulsado a Diógenes hacia la catastrófica ruptura del hechizo ingenuo, delicado y envolvente de la existencia? [...] ¿Qué consuelo le habrá faltado, qué caricias le truncaron, para separarle de la felicidad a la que debió ser sensible incluso si nació con vocación de réprobo?” Algo perdió también Cioran en el camino, como el entrañable cínico, como ¿las fresas salvajes del personaje de Bergman, el sombrero que guarda el patriarca de La gata sobre el tejado caliente? ¿El trineo de El ciudadano Kane, de Orson Wells? Sí, algo que nada compensa. Ni los amores, ni la gloria, ni las cosas acumuladas en el desván de la memoria; algo que lo obliga a mirar hacia la nada, hacia las cenizas que son “el desenlace de todo”, y en lo que sustenta su humanismo al revés, su misantropía.
Tal vez la clave esté en las últimas páginas de Ejercicios de admiración cuando nos dice: “Yo nací cerca de los Cárpatos y adoré el pueblo donde pasé mi infancia. A los diez años tuve que abandonarlo para ir al liceo de la ciudad. Fue una experiencia terrible que nunca olvidaré: el espectáculo de un animal llevado al matadero. Los condenados a muerte deben conocer sensaciones semejantes antes del suplicio final. Yo sabía que lo perdía todo, que era expulsado de mi propio edén y que no merecía ese castigo. Cuando pienso en ello tras una vida entera, me doy cuenta de que tenía razón de haber reaccionado así, que en el fondo la civilización es un error y que el hombre debería haber vivido en la intimidad con los animales, apenas diferente a ellos. En ningún caso debería haber ido más allá del estatuto del pastor. La conclusión de una vida se reduce a la constatación de un fracaso.” Pero ese fracasado, ese hombre que se consideraba un holgazán, alguien que no servía para nada ni quería servir para nada, nos ha dejado un testimonio tan cruel como grandioso, que perdurará con su lucidez mientras se prolongue la aventura del hombre.
El caballo de Turín:
más allá del bien y el mal
Antonio Valle
A Luis Tovar
LA JORNADA SEMANAL , 29 DE ENERO 2012
Hay casos en que los psicólogos somos como los caballos:
nos sentimos inquietos cuando vemos moverse
ante nosotros nuestra propia sombra.
El ocaso de los ídolos,
Friedrich Nietzsche
Como debe ser –antes de publicar sus notas sobre películas que se encuentran en exhibición–, algunos críticos y especialistas tuvieron cuidado de no revelar demasiadas claves de El caballo de Turín. Aunque varias de sus reflexiones privilegiaban el valor “indiscutible” que tiene la imagen sobre el resto de los elementos, me pareció que aunque este filme no hace concesiones a las tendencias discursivas más burdas, tampoco es una obra que apunte hacia el cine mudo. Es cierto, en esta historia se dicen pocas palabras pero, justamente por eso, son imprescindibles. Otros ensayistas celebraban la fotografía de Fred Kelemen pero decían que en ella había algo de somnífero. En efecto, algunos plano-secuencias pueden provocar reacciones tipo “ensoñaciones diurnas”, ya que el tiempo en este filme es parecido a la sensación del paso del tiempo que tienen algunos sueños; aunque desde las primeras tomas cerradas del caballo, y especialmente los retratos inspirados en el poderoso cine expresionista alemán, es evidente su fuerza extraordinaria.
En cuanto a la música de Mihály Vig, seguramente inspirado por Nietzsche –que en El origen de la tragedia abordó uno de los ensayos más lúcidos en torno al espíritu de la música–, ésta es una corriente subterránea que no deja de latir durante todo el filme. Por supuesto, la clave argumental se encuentra en la mítica escena del caballo de Turín, anécdota del nervous break down irreversible que sufrió el filósofo alemán en 1889. En esta cinta, más que al concepto del eterno retorno, Béla Tarr hace el recorrido de un viaje para el que ya no habrá regreso. Una “inocente” transgresión irá revelando la intensidad dramática, cuando el protagonista “venza” la última resistencia con la que oculta su aviesa intención. Invalidado de la mano derecha, tan clásico como siniestro, el personaje codicia, con el ojo cíclope de las fuerzas pasionales desatadas, el alimento crudo que terminará engullendo. Así quebrantará la frontera que separa, como dice Lévi-Strauss, a lo crudo de lo cocido, es decir a la naturaleza de la civilización.
No puedo evitar decir que no hay nada más desalentador para los espectadores potenciales que avisarles: “en este filme no hay una historia”, ya que esta cinta ha sido confeccionada mediante una trama de zurcido –fino e invisible– extraordinariamente consistente, que recuerda las milenarios enredos entre Tiestes y Pelopia; pero también al caso más reciente de la austríaca Elizabeth Frtzl, quien permaneció retenida por su padre en un sótano durante veinticuatro años. Es asombroso descubrir lo que se propone Béla Tarr cuando presenta a un grupo de gitanos, paganos y felices, atravesando el páramo mortal en el que permanecen azogados los protagonistas. O que un monólogo, por demás contemporáneo, rebose de referentes nihilistas y apocalípticos. En El caballo de Turín –al cual, por cierto, algunos identifican como yegua; ¿acaso estarían pensando en The nightmare, la pesadilla de Borges?–, el animal se niega a beber agua de un pozo que fatalmente está a punto de secarse, lo cual, simbólicamente, significa que se han roto los vasos que comunicaban las aguas del inconsciente con la tierra yerma. No en balde los aforismos cáusticos escritos en Más allá del bien y el mal, cuyo subtítulo es: Preludio para una filosofía del futuro, son considerados como precursores de otro de los llamados maestros de la sospecha, el creador austríaco de El malestar en la cultura. He aquí dos ejemplos de ello. “En último término lo que amamos es nuestro deseo, no aquello que deseamos.” O: “–Esto no me gusta.– – ¿Por qué? –Porque no estoy a su altura.” Más allá de lo evidente, y para estar a tono con El caballo de Turín, donde no sólo no se impone lo “visual” sobre los demás recursos cinematográficos, sino que justamente gran parte de lo que no se ve en pantalla –pero que acaso alcancemos a vislumbrar en el “teatro de luz y sombras” personal–, es lo verdaderamente significativo. Como dice el mismo Nietzsche, “cuando estamos ante la presencia de las cosas más raras, es difícil –por mucho que nos esforcemos– observar el proceso si no es con ayuda de nuestra invención”. Precisamente “eso” –que no vemos– es el “ingrediente” invisible con el que Béla Tarr desafía a nuestra inteligencia. Siendo consecuente con el rigor del guión, al final, el maestro húngaro de plano nos deja ya sin las mínimas palabras, sin imágenes ni aliento, y nos abandona en “la nada”; en medio de esa breve eternidad que es la bóveda de un cine a oscuras; eso sí, rodando hasta el fondo de cada uno en la compañía de un chelo abismal. Es conveniente recordar la presunción de Lévi-Strauss, que consideraba a la música como la mejor vía para aprehender el mythos. Esta excelente pieza cinematográfica hace un homenaje a un hombre de letras que “respiraba” música, porque gracias a ella “las pasiones pueden gozar de sí mismas”. Nietzsche estaba seguro de que “ver las cosas de una manera profunda y radical es ya una violación, un deseo de hacer daño a la voluntad básica del espíritu que tiende siempre a la apariencia y a lo que se encuentra en la superficie”.
Este filme confirma cuán ridículo es asegurar que una imagen vale más que mil palabras. El filósofo que amaba a Dionisos (el que sabía mezclar la música) estaba seguro de que la humanidad eternizaba (fijaba) sólo aquello que ya no podía “vivir ni volar”. Cuando se abrazó a un caballo escarnecido en una calle de Turín, después de pedirle perdón a la bestia, el vibrante filósofo enmudeció para siempre. No es imposible que, antes de morir, Nietzsche escuchara en alguna armonía sus últimos “viejos y queridos… malos pensamientos...” Finalmente, lo obvio (o casi): la cinta del húngaro Béla Tarr está construida con imágenes y palabras inolvidables, con riadas luminiscentes y sonoras que tienen el poder de provocar emociones terribles y extraordinarias.
Hay casos en que los psicólogos somos como los caballos:
nos sentimos inquietos cuando vemos moverse
ante nosotros nuestra propia sombra.
El ocaso de los ídolos,
Friedrich Nietzsche
Como debe ser –antes de publicar sus notas sobre películas que se encuentran en exhibición–, algunos críticos y especialistas tuvieron cuidado de no revelar demasiadas claves de El caballo de Turín. Aunque varias de sus reflexiones privilegiaban el valor “indiscutible” que tiene la imagen sobre el resto de los elementos, me pareció que aunque este filme no hace concesiones a las tendencias discursivas más burdas, tampoco es una obra que apunte hacia el cine mudo. Es cierto, en esta historia se dicen pocas palabras pero, justamente por eso, son imprescindibles. Otros ensayistas celebraban la fotografía de Fred Kelemen pero decían que en ella había algo de somnífero. En efecto, algunos plano-secuencias pueden provocar reacciones tipo “ensoñaciones diurnas”, ya que el tiempo en este filme es parecido a la sensación del paso del tiempo que tienen algunos sueños; aunque desde las primeras tomas cerradas del caballo, y especialmente los retratos inspirados en el poderoso cine expresionista alemán, es evidente su fuerza extraordinaria.
En cuanto a la música de Mihály Vig, seguramente inspirado por Nietzsche –que en El origen de la tragedia abordó uno de los ensayos más lúcidos en torno al espíritu de la música–, ésta es una corriente subterránea que no deja de latir durante todo el filme. Por supuesto, la clave argumental se encuentra en la mítica escena del caballo de Turín, anécdota del nervous break down irreversible que sufrió el filósofo alemán en 1889. En esta cinta, más que al concepto del eterno retorno, Béla Tarr hace el recorrido de un viaje para el que ya no habrá regreso. Una “inocente” transgresión irá revelando la intensidad dramática, cuando el protagonista “venza” la última resistencia con la que oculta su aviesa intención. Invalidado de la mano derecha, tan clásico como siniestro, el personaje codicia, con el ojo cíclope de las fuerzas pasionales desatadas, el alimento crudo que terminará engullendo. Así quebrantará la frontera que separa, como dice Lévi-Strauss, a lo crudo de lo cocido, es decir a la naturaleza de la civilización.
No puedo evitar decir que no hay nada más desalentador para los espectadores potenciales que avisarles: “en este filme no hay una historia”, ya que esta cinta ha sido confeccionada mediante una trama de zurcido –fino e invisible– extraordinariamente consistente, que recuerda las milenarios enredos entre Tiestes y Pelopia; pero también al caso más reciente de la austríaca Elizabeth Frtzl, quien permaneció retenida por su padre en un sótano durante veinticuatro años. Es asombroso descubrir lo que se propone Béla Tarr cuando presenta a un grupo de gitanos, paganos y felices, atravesando el páramo mortal en el que permanecen azogados los protagonistas. O que un monólogo, por demás contemporáneo, rebose de referentes nihilistas y apocalípticos. En El caballo de Turín –al cual, por cierto, algunos identifican como yegua; ¿acaso estarían pensando en The nightmare, la pesadilla de Borges?–, el animal se niega a beber agua de un pozo que fatalmente está a punto de secarse, lo cual, simbólicamente, significa que se han roto los vasos que comunicaban las aguas del inconsciente con la tierra yerma. No en balde los aforismos cáusticos escritos en Más allá del bien y el mal, cuyo subtítulo es: Preludio para una filosofía del futuro, son considerados como precursores de otro de los llamados maestros de la sospecha, el creador austríaco de El malestar en la cultura. He aquí dos ejemplos de ello. “En último término lo que amamos es nuestro deseo, no aquello que deseamos.” O: “–Esto no me gusta.– – ¿Por qué? –Porque no estoy a su altura.” Más allá de lo evidente, y para estar a tono con El caballo de Turín, donde no sólo no se impone lo “visual” sobre los demás recursos cinematográficos, sino que justamente gran parte de lo que no se ve en pantalla –pero que acaso alcancemos a vislumbrar en el “teatro de luz y sombras” personal–, es lo verdaderamente significativo. Como dice el mismo Nietzsche, “cuando estamos ante la presencia de las cosas más raras, es difícil –por mucho que nos esforcemos– observar el proceso si no es con ayuda de nuestra invención”. Precisamente “eso” –que no vemos– es el “ingrediente” invisible con el que Béla Tarr desafía a nuestra inteligencia. Siendo consecuente con el rigor del guión, al final, el maestro húngaro de plano nos deja ya sin las mínimas palabras, sin imágenes ni aliento, y nos abandona en “la nada”; en medio de esa breve eternidad que es la bóveda de un cine a oscuras; eso sí, rodando hasta el fondo de cada uno en la compañía de un chelo abismal. Es conveniente recordar la presunción de Lévi-Strauss, que consideraba a la música como la mejor vía para aprehender el mythos. Esta excelente pieza cinematográfica hace un homenaje a un hombre de letras que “respiraba” música, porque gracias a ella “las pasiones pueden gozar de sí mismas”. Nietzsche estaba seguro de que “ver las cosas de una manera profunda y radical es ya una violación, un deseo de hacer daño a la voluntad básica del espíritu que tiende siempre a la apariencia y a lo que se encuentra en la superficie”.
Este filme confirma cuán ridículo es asegurar que una imagen vale más que mil palabras. El filósofo que amaba a Dionisos (el que sabía mezclar la música) estaba seguro de que la humanidad eternizaba (fijaba) sólo aquello que ya no podía “vivir ni volar”. Cuando se abrazó a un caballo escarnecido en una calle de Turín, después de pedirle perdón a la bestia, el vibrante filósofo enmudeció para siempre. No es imposible que, antes de morir, Nietzsche escuchara en alguna armonía sus últimos “viejos y queridos… malos pensamientos...” Finalmente, lo obvio (o casi): la cinta del húngaro Béla Tarr está construida con imágenes y palabras inolvidables, con riadas luminiscentes y sonoras que tienen el poder de provocar emociones terribles y extraordinarias.


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